George Bataille recuerda que una gran risotada abrió al mundo la Modernidad frente a la Olympia de Manet, una obra concebida con el avieso fin de épater la bourgeoisie. La transgresión de la norma, el inicio de la emancipación que supusieran después las vanguardias.

La belleza, le goût, la estética, la mirada desinteresada…todo ello debía sonar a música celestial en el siglo XVIII cuando ser poeta, tener un título nobiliario o llamarte Madamede de aseguraban un puesto en el Olimpo de la Ilustración y un sillón en los Salones, donde escuchar en riguroso directo tan sublimes composiciones.

Hoy se habla de arte y desinterés en otros términos: la indiferencia que siente el espectador ante una obra de arte actual. Pero lo cierto es que el tiempo, con su inseparable perspectiva nos ofrece relatos que pueden ayudarnos a entender que esto que ahora nos planteamos no sea nada nuevo.
Pierre Bourdieu en La distinción, recoge las críticas recibidas por los artistas que no se ceñían a los cánones de lo preestablecido en su época, y como por incomprendidas sus obras provocaban rechazo. Eso mismo, con referencia a lo entendido como el arte contemporáneo de la época, dijera Ortega y Gasset en su deshumanizado Arte Nuevo hace ahora casi un siglo.
Sin remontarnos tan lejos, Aurora Fernández Polanco en Formas de mirar en el arte actual, recuerda al filósofo Nelson Goodman. Ver, dice Goodman, no se entiende como un simple estado de pasividad ante las cosas, confiando siempre en que ya será «lo otro» el encargado de provocar su efecto. Ver, en definitiva es una actividad que exige interpretación y una cierta (cuanta más mejor) actividad de la imaginación.
También se olvida por obvio que el arte de concepto requiere de conocimientos precisos, de un esfuerzo intelectual difícil de lograr, Así, por mucho que nos empeñemos críticos y artistas no dejará de ser un arte elitista. Máxime, y creo que este es el quid de la cuestión, si no se ha invertido con anterioridad en educar sujetos capaces de instalarse en una constante actitud interrogativa.


La mayoría de museos de arte contemporáneo están vacíos. A nadie extraña el cierre de algunos no sustentados con erario público. Eso no significará que el arte de hoy se deje morir, muy a la contra, pero, quizá deba alejarse más de la asepsia del contenedor blanco para volver a replantearse desde otras estrategias. Siendo consciente que el acomodo hace el burgués, y un arte nuevo nunca debe estarlo.

Cuando todo es normal, todo está asumido, nos instalamos en el engaño de dar el arte actual por superado. Hoy las propuestas contestatarias son entendidas con naturalidad. Lo díscolo es exótico, lo polémico apetecible, ¿hemos caído en las redes de la más absoluta uniformidad?. Ya no nos dejamos epatar por casi nada, la reiteración en el arte nuevo es un hecho para muchos. Quizá sea cierto que ya no hay rechazo y solo reste indiferencia, yo me resisto a creerlo, hay muchas propuestas necesarias y muy gratificantes fuera y dentro del museo. Aunque todos nos consideremos diferentes ante la más absoluta normalidad de lo nuevo.
Imagen destacada: fragmento del recibo de suscripción para la compra de Olympia firmada por Claude Monet, Giverny, 1890. Fuente: LiveAuctioneers
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